De Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo: Sierra de las Quilamas 

De Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo: panorámica desde la Hoyatina

De Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo: panorámica desde la Hoyatina

 

Introducción

La ruta de Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo es una de las más emblemáticas de la Sierra de las Quilamas, bastión septentrional de la sierra de Francia. Su calidad medioambiental, con una flora y fauna plena de endemismos, y su desarrollo sostenible han merecido la declaración de Reserva de la Biosfera de las Sierras de Béjar y Francia (Unesco, octubre del 2006).

Por un barranco de la ladera meridional del valle forjado por el río Quilamas, al suroeste de la provincia de Salamanca, desciende impetuoso el cauce del arroyo que origina una insólita y singular cascada: la chorrera de Jigareo. Torrentes, cascadas, barrancos y valles que forman parte del Espacio Natural Protegido de la Sierra de las Quilamas.

Además, la gran riqueza ornotológica de estos lares ha merecido su declaración de Zona de Especial Protección de las Aves (ZEPA). El buitre negro cría por esta sierra (más de 40 parejas) y la cigüeña negra nos visita en primavera. Buitres leonados, alimoches, halcón peregrino, águila real, águila perdicera, mirlo acuático, entre otras muchas especies, habitan en esta tierra, adueñándose del cielo.

Hitos singulares en la ruta de Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo

Inicio de la ruta de Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo

Desde Linares de Riofrío parte una bellísima ruta que permite acceder a este recóndito enclave. Empezaremos el trayecto desde la fuente de la Marina, donde un vecino cartel nos advierte de que estamos en la ruta de las Quilamas.

Son cuatro los kilómetros que tenemos que andar desde la fuente de la Marina hasta llegar a la fuente de la Honfría, en caso de ascender por el camino principal. Si subiéramos por la cuesta de las Pollinas, con tres kilómetros de duro pero bellísimo ascenso, cubriríamos la distancia entre los dos manantiales.

Como en otros artículos de este blog he descrito el trayecto desde la fuente de la Marina hasta la fuente de la Honfría, no voy a volver a describir tal parte de la ruta en esta entrada. Aunque sí dedicaré un apartado al bosque de la Honfría.

Ascenso por el bosque de la Honfría hasta la fuente de la Honfría: flora plena de endemismos ibéricos

El ascenso por el bosque de la Honfría en pos de la fuente homónima es, según mi criterio, uno de los recorridos naturales que uno no puede dejar de visitar al menos una vez en su vida. Alberga una rica flora, con bastantes taxones endémicos de nuestra península, regada por abundantes fuentes, donde el castaño domina la umbría, acompañado de numerosos melojos, bastantes acebos, avellanos y cerezos silvestres.

 

Lágrimas de David (Polygonatum odoratum). Bosque de la Honfría.

Lágrimas de David (Polygonatum odoratum). Bosque de la Honfría.

 

Fruto (bayas de color negro azulado) de poligonatum odoratum. Bosque de la Honfría.

Fruto (bayas de color negro azulado) de poligonatum odoratum. Bosque de la Honfría.

 

De Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo: acicate real o pajaritos (Linaria triornitophora). Cerca de la cuesta de las Pollinas.

De Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo: acicate real o pajaritos (Linaria triornitophora). Cerca de la cuesta de las Pollinas.

 

Durante los meses de mayo y junio suelo fotografiar numerosas plantas de este privilegiado bosque: el Sello de Salomón o Lágrimas de David (Polygonatum odoratum), el acicate real o pajaritos (Linaria triornitophora), la abundante hierba de san Cristobal (Actaea spicata), la aguileña (Aquilegia vulgaris subsp. dichroa), varias y diversas orquídeas (Cephalantera longifoliaNeottia nidus-avis y Anacamptis mascula), la rosa albardera o peonía (Paeonia broteri), la medicinal pulmonaria (Pulmonaria officinalis), entre otras muchas.

 

Orquídea de la Honfría (Anacamptis mascula)

Orquídea de la Honfría (Anacamptis mascula)

 

Luego, en julio, es fácil contemplar la floración de la azucena silvestre (Lilium martagon). Antes, en marzo, el narciso es el dueño y señor de estos parajes, con respeto de las prímulas. Finalmente, a principios de agosto podremos contemplar al acónito común (Aconitum napellus), cuya belleza rivaliza con su toxicidad, con sus hojas palmadas (palmitisectas) y su corola constituida por 5 pétalos azules, el superior a modo de casco.

 

De Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo azucena silvestre (Lilium martagon). Bosque de la Honfría.

De Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo azucena silvestre (Lilium martagon). Bosque de la Honfría.

 

Confieso mi admiración por la riqueza botánica que encierra el bosque de la Honfría, pues, sin caer en infértiles chovinismos,  la Naturaleza se nos muestra realmente espectacular.

 

aguileña (Aquilegia vulgaris subsp. dichroa)

aguileña (Aquilegia vulgaris subsp. dichroa)

 

Aconitum napellus. Bosque de la Honfría. Linares de Riofrío.

Aconitum napellus. Bosque de la Honfría. Linares de Riofrío.

 

Ruta de Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo: ascenso de la fuente de la Honfría hasta la Hoyatina (Hueco)

Ya en la fuente de la Honfría tendremos que dirigir nuestros pasos hasta la Hoyatina, antesala del Hueco. El sendero que conduce al mismo está a unas decenas de metros de este venero, a golpe de vista, tras pasar entre centenarios cerezos y gozar en primavera de orquídeas, peonías y botones de oro.

Una vez en el sendero, giraremos a la izquierda, pasaremos por un vecino paso canadiense y en una centena de metros accederemos a una bifurcación. No entraremos en el sendero de la izquierda, que nos conduciría a las Peñas del Agua, sino en el de la derecha, que nos llevará hasta la Hoyatina y el Hueco.

De esta forma, seguiremos este último ramal durante poco más de medio kilómetro para desembocar en el paso canadiense que sirve de frontera entre los municipios de Linares y de San Miguel de Valero. Nada más llegar nos dirigiremos hacia el oeste, en dirección a Castilldecabras, señalado en un cartel anunciador, para enseguida entrar en terreno de Valero.

De esta suerte, ya en plena Hoyatina, recorreremos cuatrocientos metros, sin dejar de maravillarnos con sus excepcionales vistas (al sur y suroeste), hasta llegar a la senda, a nuestra izquierda, que conduce al pico Porrejón, la cual no cogeremos. Justo en este sector alcanzamos el punto más alto de esta ruta: 1165 metros.  A partir de aquí la ruta es un continuo descender, al principio, reposado, luego, más agitado.

 

De Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo: panorámica desde la Hoyatina (Rollarina), antesala del Hueco.

De Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo: panorámica desde la Hoyatina (Rollarina), antesala del Hueco.

 

Descenso por el Hueco en pos de la chorrera de Jigareo

Procedamos a bajar. A los 110 metros de empezar a descender por el camino principal veremos a nuestra derecha dos hitos: una placa de coto de caza y el tronco seco y cercenado de un castaño. Señales que nos orientan y guían por dónde debemos dirigir nuestros pasos.

Concretando, tenemos que abandonar este ancho camino para penetrar por una angosta vereda, sita en el lado opuesto, justo enfrente de estas involuntarias señales. Tras progresar escasos metros (sur- suroeste), nos desviaremos, a nuestra derecha (al oeste), por una trocha, medio oculta por altos helechos y algunos ejemplares de torvisco, donde parece no existir camino.

Antes, en menos de una centena de metros nos topábamos, a nuestra izquierda, con un centenario castaño, resquebrajado, con una rama desgajada y cruzada en el suelo, de la que se eleva otra secundaria, al otro lado del huidizo camino, que hacía de marco de puerta improvisada. Lamentablemente, acabó derruido, bloqueando el camino, por lo que había que rodearlo para progresar.

Mientras proseguimos, tenemos que abrirnos camino entre los omnipresentes helechos (en junio), que cubren lo que antaño, hace medio siglo, fue una fértil tierra, en la que los autóctonos de Valero sembraban exquisitas fresas de la variedad fresón, haciendo la competencia a mis paisanos de Linares de Riofrío. De esta suerte llegaremos, tras recorrer ochenta metros desde el punto anterior, hasta una umbría arbolada, a nuestra izquierda, constituida por siete vigorosos castaños, que rodean a un cerezo y al tronco seco y desmochado de un viejo castaño. En su suelo es común ver alguna mata de peonías y bastantes de agrimonia.

 

Agrimonia entre un mar de helechos. Sendero de la chorrera de Jigareo

Agrimonia entre un mar de helechos. Sendero de la chorrera de Jigareo

 

Nada más salir de esta foresta podremos recrearnos con la contemplación, a nuestra derecha, al noroeste, del pico del Mojón del Marrano o de las Tres Rayas; al oeste, el pico de Cortina alta; más en lontananza, también al oeste, el pico de la cueva Quilama; a nuestra izquierda, al suroeste, veremos el pico del Castillo de Valero. Al cual dedicamos un artículo de este blog: “Ascensión al Castillo Viejo de Valero”.

A continuación, tras breve descenso (ochenta metros más), encontraremos, a nuestra derecha,  cuatro jóvenes encinas y varios árboles frutales: dos manzanos y tres cerezos.

De Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo: castaño-choza del Hueco

Si progresamos un breve trecho más, apreciaremos uno de los hitos del camino: un castaño con varios siglos de existencia. Sobre cuyo ancho tronco se apoyan varios palos para constituir una especie de choza, en la que caben varias personas. Además, un gran nudo del tronco hace de asiento natural, en el que podremos sentarnos y descansar.

 

De Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo: centenario nogal que servía tanto para cobijarse cuanto para resguardar las fresas que antaño se cultivaban en el Hueco

De Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo: centenario nogal que servía tanto para cobijarse cuanto para resguardar las fresas que antaño se cultivaban en el Hueco

 

Antaño, este cobertizo natural servía para resguardar del sol las cajas de fresas que los valeranos recogían en temporada, según me atestiguó mi amigo Severo, natural de Valero y gran conocedor de estas tierras. Este punto emblemático de la ruta se encuentra a trescientos cincuenta metros del inicio de este oculto camino, que cogimos al abandonar el camino de Castildecabras.

Posteriormente, atravesaremos un auténtico cerezal (hasta doce cerezos he llegado a contar), abandonado y mal cuidado por los herederos de aquellos esforzados valeranos, que con tanto primor cultivaban y cuidaban estos lares.

Cuatro centenarios castaños delimitando un espacio rectangular: fructífera conversación con Rafael Navarro

Luego, avanzamos unos pocos metros más para descubrir, a nuestra izquierda, cuatro robustos castaños, ubicados en los ángulos de una especie de rectángulo térreo, donde los jabalíes se revuelcan con fervor. Me sorprende agradablemente el vigor de estos árboles, en absoluto afectados por la condenada Tinta.

Estos centenarios castaños amenizan el camino, pues desde el que nos servía de choza y de escaño hasta estos cuatro tan sólo hay una centena de metros. Aún nos queda algún castaño más por ver, sobre todo uno situado también a nuestra izquierda, de excepcional porte.

 

De Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo. Paraje con cuatro longevos castaños dispuestos de forma rectangular en pleno Hueco.

De Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo. Paraje con cuatro longevos castaños dispuestos de forma rectangular en pleno Hueco.

 

Rafael Navarro, gran conocedor de la Sierra de las Quilamas

Rafael Navarro, gran conocedor de la Sierra de la las Quilamas. Junto a unos castaños centenarios en el Hueco.

 

Cuando desciendo por estos lares en compañía de mi querido amigo Rafa, noble y orgulloso valerano, intento empaparme del conocimiento y vivencias que posee sobre las Quilamas. Así, por ejemplo, al llegar al anterior campamento de castaños suele comentarme:

—Mira Félix, entre estos castaños muchos de mis paisanos de Valero solían pasar al raso las noches veraniegas, después de una dura jornada de trabajo.

—Buena cama natural para descansar y dormir—empezaba yo con mi engolado discurso—. Supongo que en aquella época la quietud del lugar estaría amenizada por sonidos naturales: el aullido del lobo, el ulular del cárabo, el persistente “cri-cri, cri-cri” del grillo…

—Sí, sí, de todo eso había, pero no todo era calma y sosería, pues también se oían otros ruidos naturales: el de las parejas que encontraban la dicha del placer retozando en tan natural ambiente—me respondía con sorna.

Tras provocarme la risa subsiguiente por su habitual donaire, le transmitía mi pesar por la dejadez del lugar, por el descuido de los frutales y la ausencia de cultivos.

—A mí también me da pena, pues de niño sí que disfruté y algo me tocó trabajar por este vallejo del Hueco mientras mis paisanos roturaban las tierras, sembraban fresas,  podaban e injertaban cerezos y manzanos.

— Entonces no entiendo por qué este abandono— le respondía—. Ya sé que el famoso y delicioso fresón de los años setenta dejó de prosperar y desarrollarse en estas tierras. Bien lo saben mis paisanos de Linares. Sin embargo, este valle está bien orientado y fertilizado por buenas aguas que facilitarían el cultivo de hortalizas y, por supuesto, frutales diversos.

—Hortalizas, no—me corrige Rafa- porque los tomates, lechugas y cebollas se sembraban en huertos cercanos a los hogares y no tan lejos del pueblo.

—¿Cuánto de lejos?

—Pues como había que subir zigzagueando por la montaña, con mulas de carga, tardábamos en llegar como una hora y media.

—¡Vaya! Sí que estaba lejos. Pero, Rafa, supongo que aquí sembraríais algo más que fresas, no.

—Por supuesto, Félix. En estos terrenos del Hueco se obtenían unas excelentes alubias blancas y unas buenísimas patatas. Como no había en otros sitios—me respondía con convicción y orgullo.

—Entonces, si tan buenas eran, no logro comprender por qué dejasteis de cultivarlas—le presionaba para que resolviera mis dudas.

—Pues porque en Valero y en San Miguel desde hace varias décadas obtenemos más beneficios económicos con la apicultura. Ya sabes que distribuimos nuestras colmenas no sólo por estas tierras sino también por otras provincias. Nos da trabajo, mucho, casi parecido a roturar la tierra en terrazas y bancales por las laderas de nuestro pueblo, como hacíamos antes, pero, como te decía, ganamos sensiblemente más. Además de proporcionar excelentes mieles de encina, brezo, milflores y demás variedades, también obtenemos un purísimo polen.

Es obvio que el argumento de mi amigo es muy sólido. No en balde los apicultores de estos dos pueblos serranos están a la cabeza de la producción apícola europea. Así, por ejemplo, Reina Kilama, cooperativa constituida en San Miguel, con 350 toneladas de polen, es la más importante de Europa en este producto apícola. Espero que puedan resistir la feroz y deshonesta competencia de las mieles de China, que abaratan el producto a costa de una deplorable calidad.

Manantial de la poza grande: origen del arroyo de Jigareo

Estamos muy cerca del manantial origen del arroyo que desciende por la ladera montañosa en pos del río Quilamas y que, antes de su desembocadura fluvial, forja una verdadera joya paisajística: la chorrera de Jigareo. Aprovecho este momento para recordar que en otro artículo de este blog describimos la ruta desde Valero hasta la desembocadura del arroyo de Jigareo en el río Quilamas.

Para llegar al venero que origina el citado arroyo de Jigareo basta con andar treinta metros desde el castañar anterior. A la derecha del camino veremos brotar, entre juncos, el agua de un pequeño manantial. Parece poca cosa, sin embargo, al poco de nacer, los valeranos construyeron un par de pozas, para almacenar el agua que manaba sin cesar, con el propósito de utilizarla para regar.

Según me relató Rafa, la poza más grande, de forma rectangular, tendría unas dimensiones de unos cinco metros de anchura por unos quince de longitud. Su profundidad, cuando se llenaba de agua, se acercaba a los dos metros. También me refirió, con nostalgia, que eran objeto de limpieza regular, pues quitaban regularmente las malezas así como el lodo que pudiera depositarse en su fondo.

De esta forma el agua, limpia y transparente, invitaba a sumergirse en ella, por lo que más de un mozuelo se atrevió a bañarse, a espaldas de sus padres, en tan higiénica piscina. Sin embargo, el agua debía de estar tan fría  como para que más de uno sufriera alguna infección respiratoria. Al menos así me lo contó el bueno de Rafa. Incluso llegó a precisarme que, hace 52 años, un mozalbete de 10 años se enfrió tanto después del baño como para manifestar un cuadro de tos y fiebre, por el que murió, días más tarde. Parece que el abnegado médico rural le echó la culpa a una pulmonía.

 

Manantial de la Poza Grande: nacimiento del arroyo de Jigareo

Manantial de la Poza Grande: nacimiento del arroyo de Jigareo

 

Hogaño no se aprecian las citadas presas o pozas, pues el lodo, la broza y la maleza las enmascaran totalmente. No obstante, sí que me llama la atención la presencia de la famosa yerba de San Antonio (Epilobium hirsutum), en torno a las mismas. Además, múltiples berros (Nasturtium officinale) forman un lecho verde sobre su superficie.

Bueno, prosigamos con el arroyo formado por esta hontana, el cual, al poco de nacer, lame el tronco hueco de otro centenario castaño, que muestra huellas de hollín, resultado del impacto de algún rayo. A partir de aquí caminaremos durante un corto tramo (doscientos metros) entre encinas y dispersos castaños, para llegar hasta un campo de cerezos, rodeados por encinas. Poco después, aparece una tapia, a nuestra derecha, delimitadora de fincas de labor, que nos acompañará durante casi una centena de metros.

Luego, el sendero bordea un corpulento guindo para, enseguida, descender por una corta y pronunciada pendiente, cobijados por altas retamas y ramas de encina, que nos conduce hasta un pequeño y corto encinar. Tras sobrepasarlo, habremos andado un kilómetro por este ignorado y abandonado valle.

Ahora el camino salva una tapia caída o tirada a propósito para acceder a un prado, el del tío Filiberto, por el que caminaremos, paralelos a su indemne pared superior, a nuestra izquierda, hasta que volvamos a atravesarlo por otro vano en el lienzo de su murete. Nosotros seguiremos caminando paralelos a este primitivo cerco, pero, ahora, ubicado a nuestra derecha.

De Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo: caminando por el pedregal del Gorgorizo

A partir de aquí el lecho térreo se va convirtiendo en un piso pétreo, mientras nos dirigimos hacia el oeste, a nuestra derecha. Enseguida comprobamos que estamos descendiendo por una auténtica pedregal, guiados por grupos de pedruscos amontonados con cierto orden, a fin de indicarnos el camino correcto.

 

Entrada al pedregal del Gorgorizo. A la derecha, Cortina Alta; al fondo, el Castillo Viejo de Valero.

Entrada al pedregal del Gorgorizo. A la derecha, Cortina Alta; al fondo, el Castillo Viejo de Valero.

 

A los cien metros de caminar de esta guisa vemos, desde una pequeña atalaya, que la dichosa pedrera no sólo no desaparece sino que se nos muestra más grandiosa. En este momento mi altímetro marca 1052 metros.

Ahora será cuestión de armarse de cierto valor para recorrer los doscientos metros de puro y duro pedregal. Las numerosas marcas pétreas  nos indican el camino a seguir, mientras avanzamos por el sector inferior de este roquedal,  al arrimo de un gran encinar con algunas manchas de castaño, regado por el cauce del arroyo citado anteriormente. Estos parajes y terrenos reciben la denominación de Cortina Baja. El monte picudo que les da cobijo lo llaman Cortina Alta.

 

Pedregal de Gorgorizo

Pedregal de Gorgorizo

 

Si por nuestra derecha tenemos muy cerca el arbolado, a nuestra izquierda tenemos piedras y más piedras que ascienden por la ladera hasta llegar a otro encinar. Durante este tramo arriscado, sin cobertura vegetal que nos dé sombra ni nos oculte el cielo, es relativamente común ver planeando algún ejemplar de buitre negro, además de los numerosos buitres leonados que crían por estos riscos. Los negros, en cambio, lo hacen sobre las copas arbóreas. Lo abrupto e inhóspito del lugar no oculta una extraña belleza.

Desde la salida de la pedrera del Gorgorizo hasta una minicascada con madreselva

Tras abandonar la cantera, hemos recorrido casi un kilómetro y medio (1430 metros, según el programa de mi móvil). A continuación, descenderemos por una especie de túnel de retamas, para en corto trecho ver una notable encina, que parece saludarnos y advertirnos de que nos queda menos de un kilómetro de trayecto (unos setecientos metros) para llegar a nuestra deseada cascada.

A partir de ahora descenderemos por una pendiente más acusada, también de suelo pedregoso, arrimándonos por nuestro costado izquierdo a un roquedo, hasta llegar, tras una centena y media de metros, a otra notable encina, donde el murmullo del agua se hace más patente.  A continuación, bajamos por nuestra derecha para pasar por una bóveda de encinas y encontrarnos con un longevo nogal.

Luego, umbría, espinos albares, encinas, alguna higuera, que desconocen el estío, merced a que el agua del arroyo baña constantemente sus raíces. Enseguida, el regato decide salvar un desnivel de unos dos metros, formando una pequeña y estrecha cascada. Nosotros también nos vemos obligado a superarlo. Los más valientes, a salto limpio; los más prudentes, sentándonos sobre el suelo, descolgando las piernas para apoyar los pies en un saliente rocoso, desde donde acortaremos el salto. En julio suelen verse madreselvas florecidas en torno a la misma.

 

Pequeña chorrera previa a la de Jigareo

Pequeña chorrera previa a la de Jigareo

 

Minicascada con madreselva

Minicascada con madreselva

 

Una vez recobrado el equilibrio, cruzamos las saltarinas aguas por su angosto y superficial cauce, a fin de ascender, por la derecha, una pequeña pendiente.

De Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo: encina de las trozas

Ya arriba, volvemos a descender, orientados por las socorridas señales pétreas y, tras recorrer una centena de metros, descubrimos un emblema de la ruta: la encina de las Trozas.

Según mi querido amigo Rafa, las suculentas bellotas de esta descomunal encina sólo las recogía el que pujaba más en la subasta anual que organizaba el ayuntamiento de Valero. “Eran tantas las bellotas que se recogían como para tirarse una familia unos dos días vareando y cogiendo este fruto de la encina”, refería.

 

Rafael Navarro junto a la encina de las Trozas

Rafael Navarro junto a la encina de las Trozas

 

Cuando me lo relató por primera vez, el 30 de julio del 2015, mientras me descubría esta singular ruta, sus palabras transmitían gran sentimiento, notable admiración y un profundo respeto por sus paisanos de Valero, de los que tanto aprendió. Siempre me agrada escucharle, especialmente cuando me habla de sus queridas Quilamas. Me suele decir: “Aunque mi infancia fue dura, trabajando de cabrero por estos arriscados parajes, nunca me quejé, pues poco necesité y nada me faltó. Mi recuerdo sigue siendo grato.”

Mi buen amigo Rafa ejemplifica como pocos las virtudes que acompañan a gran parte de estos serranos: laboriosidad sin desmayo, sagacidad notable, honradez a imitar, un humor fino y contagioso, fidelidad en la amistad…

La chorrera de Jigareo: mágico y oculto lugar

Ahora volvamos a la ruta. Ya queda poco para llegar a la chorrera. Poco más de doscientos metros. Eso sí, deberemos serpentear por otra trocha, entre jaras y rocas, guiados por las marcas de los buenos samaritanos que se aventuran por esta arcana ruta. Por fin, descendemos a una plataforma rocosa desde la que se divisa, a nuestra izquierda, el pasillo de acceso a la chorrera de Jigareo, donde la altitud es de 905 metros. Hemos andado dos mil doscientos metros desde que abandonamos el camino de Castilldecabras y entramos por la vereda entre helechos.

 

Pasillo de acceso a la cascada de Jigareo, con una vigilante higuera, a la izquierda.

Pasillo de acceso a la cascada de Jigareo, con una vigilante higuera, a la izquierda.

 

Para ver esta cascada debemos superar una especie de pedestal rocoso, que nos aproxima a su entrada. Una alta y fina higuera nos da la bienvenida en la pared izquierda del recinto que la aloja. Sí, digo bien, recinto, porque esta chorrera está protegida por una especie de cámara rectangular forjada en la roca viva por la erosión milenaria del agua que cae sin cesar.

 

Aproximándonos a la cascada de Jigareo por el vestíbulo-pasillo de acceso

Aproximándonos a la cascada de Jigareo por el vestíbulo-pasillo de acceso

 

Aproximándonos a la cascada de Jigareo por el vestíbulo-pasillo de acceso

Aproximándonos a la cascada de Jigareo por el vestíbulo-pasillo de acceso

 

Esto último también parece ser cierto a tenor de la notable cantidad de agua que formaba su cola equina la primera vez que la vi, el 30 de julio del 2015; durante uno de los veranos más secos de las últimas décadas. Pues bien, el manantial que la origina y que forma todo este valle abarrancado no ceja en su empeño: suministrar el agua a esta chorrera y alimentar, más abajo, al río Quilamas, en cuya orilla izquierda desemboca.

 

Rafa y Félix . Chorrera de Jigareo. Agosto del 2016

Rafa y Félix . Chorrera de Jigareo. Agosto del 2016

Véamos ahora un vídeo de la cascada de Jigareo. 

 

Hogar del mirlo acuático

Además, el excelente grado de conservación de este curso fluvial permite el desarrollo del raro mirlo acuático (Cinclus cinclus). “El andarríos siempre ha hecho su nido entre las paredes de esta chorrera”, me suele recordar Rafa, cuando se refiere al mirlo acuático. Aunque desde entonces la he visitado numerosas veces, sólo una vez logré contemplar la oscura y rechoncha figura de este pájaro, con su característico babero blanco que se extiende hasta el pecho, en la excursión que efectué en agosto del 2017.

Así, nada más entrar y romper la intimidad del lugar, se pudo ver durante unos segundos el vuelo de esta emblemática ave que huía de los intrusos que habían osado alterar la quietud de su hogar. En este caso éramos un buen grupo de amigos/as.

 

Chorrera de Jigareo

Chorrera de Jigareo

 

La cascada como tal tiene unas dimensiones medias, ni es pequeña ni es muy grande, aunque sí ruidosa. El agua cae con estrépito y dificulta la conversación cuando estamos en compañía. Debe de ser parte de la estratagema de la que se vale el orgulloso y narcisista espíritu acuático para que la contemplemos con fervor y dedicación exclusiva.

No lo sé, pero siempre que la he visitado, sólo o en compañía, he disfrutado mucho. Me parece estar en un arcano y mistérico lugar, al alcance de pocas personas, gozando con mi fortuna por contemplar este tesoro natural.  Sin embargo, suelo traicionarla, desvelando su belleza a conocidos y amigos, de diversas formas: verbalmente, en fotografía, vídeos e incluso, como ahora, en líneas escritas.

 

El autor de estas líneas acurrucado ante el esplendor de la chorrera de Jigareo (julio 2015)

El autor de estas líneas acurrucado ante el esplendor de la chorrera de Jigareo (julio 2015)

 

Desde la plataforma pétrea previa al pasillo que lleva a esta cascada, puede verse cómo el agua salta un notable desnivel para constituir otra cascada. También digna de ver.

 

De Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo: cascada inmediatamente inferior a la chorrera de Jigareo

De Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo: cascada inmediatamente inferior a la chorrera de Jigareo

 

De Linares de Riofrío a la cascada de Jigareo: respetemos ecosistemas tan singulares

En fin, no me quiero despedir sin efectuar una serie de ruegos y recomendaciones a los posibles visitantes de este emblemático ecosistema: amemos y respetemos tan singulares parajes, no alteremos su protegida flora, no destruyamos el micelio subterráneo de las numerosas especies de hongos que enriquecen estos bosques y no avasallemos a la amplia fauna no cinegética.

Si somos respetuosos con este entorno seguiremos enriqueciendo nuestra calidad de vida, mientras descubrimos sus maravillas, y legaremos a las generaciones futuras una buena fuente de salud y de felicidad.

                                                                            Dr. Félix Martín Santos

 

 

2 Comentarios

  1. Conozco un poco la zona que describes y la verdad es que merece este homenaje en forma de artículo.
    Preciosa naturaleza, y muchos buitres, (al menos el día que lo visité).
    -Agradezco este artículo.
    Es importante que además de mirar, consiga ver todo lo que me rodea e identifijarlo, como bien refleja esta descripción, incluyendo preciosas fotografías.
    Esa sería para mí, la mejor de las visitas.
    GRACIAS y buen día!

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    • Félix muchas gracias por darnos a conocer, con todo el cariño, admiración y respeto, una zona paradisíaca, comparto tu recomendación de que la visitemos, al menos, una vez en la vida.
      ¡ Qué bonito el sendero de la Chorrera de Jigareo! ¡Y qué tesoro natural, como tú lo denominas, su Cascada!
      Muy interesante el diálogo entre tú y tu amigo Rafa sobre los cultivos, entrañable su grato recuerdo como cabrero y admirable la consecución del primer puesto que la apicultura ha conseguido en Europa .
      Me uno a tus consideraciones de amor y respeto y de legar a las futuras generaciones esta fuente de salud y felicidad.

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